Kremlin de Moscú
El Kremlin de Moscú es el corazón de Rusia, una fortaleza que lo ha presenciado todo: incursiones tártaras y coronaciones de zares, revoluciones y desfiles del Día de la Victoria. Tras sus muros rojos se esconden catedrales de cúpulas doradas, la Armería con las insignias reales y la residencia presidencial. Un lugar donde la historia del país se concentra en 28 hectáreas.
Historia de la fortaleza
La primera fortificación en la colina Borovitski surgió en 1147, fecha en la que arranca la historia de Moscú. Los muros de madera ardieron, se reconstruyeron y se ampliaron. El Kremlin de piedra blanca de Dmitri Donskói se mantuvo en pie cien años.
Los muros actuales datan de finales del siglo XV y son obra de arquitectos italianos. Iván III invitó a maestros de Milán, que levantaron una fortaleza con las técnicas de fortificación más avanzadas de la época: ladrillo rojo, almenas en forma de «cola de golondrina» (como en los castillos gibelinos) y 20 torres.
El Kremlin fue residencia de los grandes príncipes y de los zares hasta que Pedro I trasladó la capital a San Petersburgo. El poder regresó en 1918, esta vez en manos de los bolcheviques. Desde entonces, el Kremlin simboliza el Estado ruso.
Las catedrales
La plaza de las Catedrales es el centro espiritual del Kremlin. Tres grandes catedrales se alzan juntas y forman un conjunto de una belleza sin igual.
La catedral de la Asunción era la iglesia principal del Estado, donde se coronaba a todos los zares rusos y se entronizaba a los emperadores. También era lugar de sepultura de metropolitanos y patriarcas. El interior conserva frescos del siglo XVI y un iconostasio con iconos antiguos.
La catedral del Arcángel es el panteón de los grandes príncipes y zares. Alberga 54 tumbas, entre ellas las de Iván Kalitá, Iván el Terrible y Mijaíl Románov. Los sarcófagos se alinean en filas y los nombres se leen como un libro de historia.
La catedral de la Anunciación era la iglesia privada de los zares. Su iconostasio es obra de Teófanes el Griego y Andréi Rubliov. El suelo es de jaspe y ágata, un regalo del sah de Persia.
El campanario de Iván el Grande
Con sus 81 metros, fue durante siglos el edificio más alto de Moscú (estaba prohibido construir nada más alto). El campanario tiene 21 campanas. Desde el mirador se contempla toda la zona centro, aunque el acceso no siempre está disponible.
Cerca están la Campana del Zar (200 toneladas, agrietada en un incendio y que nunca llegó a sonar) y el Cañón del Zar (40 toneladas, que nunca disparó). Monumentos al gigantismo ruso, hermosos pero inútiles.
La Armería y el Fondo de Diamantes
La Armería es un museo del tesoro: insignias reales, tronos, carrozas y la colección de huevos Fabergé. El Fondo de Diamantes impresiona aún más: la Corona Imperial, el Diamante Orlov y pepitas de oro. Las entradas se agotan enseguida, así que reserve con antelación.
Información práctica
El Kremlin abre a diario excepto los jueves, de 10:00 a 18:00. Las entradas se compran en las taquillas de la torre Kutáfia y en internet (lo más recomendable). El recinto y las catedrales se visitan con una misma entrada; la Armería y el Fondo de Diamantes, aparte.
En la entrada hay un control de seguridad como el de los aeropuertos. Los bolsos y las mochilas grandes hay que dejarlos en consigna. Se permite hacer fotos en todas partes salvo en los museos.
Se entra por la torre Kutáfia (desde el metro Aleksándrovski Sad). Se sale por la torre Spásskaya hacia la plaza Roja o de vuelta por la Kutáfia.
Ambiente y carácter
El Kremlin es un lugar donde la historia pesa físicamente. Estos muros recuerdan a Iván el Terrible, a Napoleón y a Stalin. Estas catedrales presenciaron coronaciones y funerales. Aquí se tomaron decisiones que cambiaron la vida de millones de personas.
Hay muchísimos turistas, sobre todo en verano. Pero las dimensiones del Kremlin permiten encontrar rincones relativamente tranquilos. La plaza de las Catedrales al atardecer, cuando las cúpulas doradas brillan con los últimos rayos, es una de las mejores estampas de Moscú.
Esto no es un museo: es una sede activa del poder. El palacio del Senado está cerrado, la seguridad vigila y a veces aterrizan helicópteros justo detrás de los muros. La historia sigue su curso.